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VENEZUELA

Entre un chavismo en decadencia y una derecha envalentonada

11/01/2016

Entre un chavismo en decadencia y una derecha envalentonada
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La historia parece estar cargada de simbolismos. También un 6 de diciembre, hace 17 años, Chávez ganaba las elecciones presidenciales y se iniciaba la llamada “revolución bolivariana” que mandará al traste el viejo régimen político del puntofijismo. En un día y mes igual al de aquel 1998, en medio de una crisis económica, donde la desbocada inflación y la escasez golpean con fuerza el bolsillo y las condiciones de vida del pueblo trabajador, el chavismo quedaría reducido a menos de un tercio de la Asamblea Nacional en unas elecciones parlamentarias que mantuvieron en tensión no solo a Venezuela, sino que fueron un gran foco de la atención política internacional y particularmente latinoamericana.

El New York Times en un editorial tomaba nota del significado de lo acontecido, escribiendo que “el resultado marcó el primer cambio político en Venezuela desde 1999, cuando el populista Hugo Chávez volcó la estructura de poder del país en lo que anunciaba como una revolución socialista” [1]. Claro está, el cambio al que refería este clásico vocero del imperialismo norteamericano, era el retorno de la derecha venezolana sobre el fracaso del chavismo. Chávez, con su llegada al gobierno, jamás habló de “socialismo”, del que recién hizo mención a partir de 2005, ya que en su primera etapa solamente hablaba de “refundación de la Patria”, “revolución bolivariana” para referirse a su proyecto político.

Lo mismo hizo del otro lado del Atlántico la revista vocera del sector financiero internacional The Economist de Inglaterra, al sostener que: “Esto es una catástrofe para el movimiento fundado por Hugo Chávez, un populista carismático que tomó el poder en 1999 y murió en 2013” [2], pero agregando que “la victoria de la oposición es incompleta… Por tanto, la oposición debe moverse para empujar a Maduro fuera del gobierno a través de un referéndum revocatorio”.

En la Declaración de la Liga de Trabajadores por el Socialismo (LTS) “Venezuela: sobre el fracaso del chavismo, retorna la derecha” [3], damos cuenta de un balance pormenorizado y el significado del resultado de las parlamentarias que se han llevado a cabo, donde el chavismo sufrió una contundente derrota. Esto, sin duda, abrirá un período de tensiones y enfrentamientos entre el poder Legislativo y el Ejecutivo, de posibles crisis políticas de envergadura, a la vez que abre crisis al interior del chavismo.

Es un resultado de trascendencia, que profundiza la decadencia y crisis del chavismo como régimen político, entrando así en un período más decisivo en toda la transición del poschavismo; incluso impactará en la cohesión interna del chavismo, pudiendo llegar a mover el centro de gravedad interno y haciendo quizá más agria la disputa interna. Y habrá que ver si por el lado de la derecha, en el marco de sus divisiones –que supieron sortear con conflictos internos al ver la factibilidad de su ansiado deseo de sacar al chavismo del gobierno–, pueden verse aceleradas sus disputas, como se evidenció frente a la distribución de los cargos a las parlamentarias, pero esta vez alrededor de qué sector se posicionará teniendo en vista la presidencia del país.

El chavismo, del auge del rentismo petrolero a la crisis económica profunda

Venezuela ha estado en el centro de la atención política latinoamericana e internacional durante la última década y media. Lo que se conoció como “revolución bolivariana” impactó en todo el continente, incidiendo marcadamente en las corrientes de izquierda y generando al mismo tiempo una oposición férrea de la derecha venezolana y latinoamericana, así como de la de Estados Unidos. Se trataba del fenómeno más profundo de los llamados gobiernos posneoliberales, donde las tensiones políticas se expresaron en toda su magnitud, no habiendo un solo momento donde las corrientes submarinas no se agitaran provocando continuamente vientos huracanados.

Es que el chavismo fue la variante más a “izquierda” de los gobiernos nacionalistas y centroizquierdistas surgidos en América Latina al calor de la crisis del neoliberalismo y los levantamientos populares en los primeros años del siglo XXI, para contener las crisis políticas y de agudización de la lucha de clases, pero reconduciéndolas dentro del orden capitalista y la dependencia. Esto fue así, ya que fue en Venezuela donde la descomposición político-estatal fue más aguda o el movimiento de masas golpeó con más fuerzas con acontecimientos como el Caracazo, y el péndulo político osciló más acentuadamente a izquierda, con más confrontación con las clases dominantes. En este marco surgía un Chávez al frente de un gobierno de corte nacionalista, debiendo apoyarse en las masas para ejercer un rol de arbitraje en medio de la polarización política, con rasgos bonapartistas sui generis y basado en las FF.AA. y el encuadramiento “populista” del movimiento de masas. Se entró en un período en que el gobierno buscaba obtener un poco más de independencia frente a los imperialismos, tanto estadounidense como europeo, y coqueteando con las masas obreras y el pueblo trabajador, los pobres urbanos de las grandes concentraciones poblacionales y los campesinos pobres, se vio al hombre fuerte del país orientado a la izquierda.

Chávez impulsó el nuevo régimen de la República Bolivariana y recuperó para el Estado un mayor control de la renta petrolera, lo que le permitió hacer concesiones a los sectores populares con amplios subsidios y políticas sociales a través de las “misiones”. El chavismo pudo hacer una cierta redistribución de la renta petrolera durante varios años, ampliar el acceso a la salud, educación y seguridad social, reducir los niveles de pobreza, en base a un ciclo de crecimiento de la economía mundial y de los precios de las materias primas, y a su consolidación en el poder, pero no cambió en nada el carácter capitalista rentista y dependiente del país. Esto se expresó no solo en el respeto a la gran propiedad privada y el funcionamiento plenamente capitalista de la economía, sino también en el mantenimiento de su carácter fuertemente monoexportador, extractivista y rentístico.

Pero cuando la crisis económica incidía en el país, el chavismo aplicaba medidas de ajuste, tal como pudo observarse en el bienio recesivo de 2009/2010, una crisis económica de muy baja intensidad que estuvo provocada por la caída de los precios del petróleo pero de la cual se salió rápidamente al recuperarse los mismos. En ese entonces se aplicaron medidas como aumentos del IVA, devaluaciones de la moneda y la paralización de las discusiones de los convenios colectivos, entre otras. Ya más crudamente se ha observado recientemente bajo el gobierno de Maduro, en los dos años y medio en los que arrecia una profunda crisis económica, que se pasó al período de descargar la crisis económica sobre los hombros de los trabajadores y el pueblo pobre.

Ni en los momentos de ataques más rabiosos de la burguesía nacional, cuando el pueblo trabajador desplegó grandes energías y disposición al combate, Chávez se propuso despojar de su poder a los capitalistas. Por eso decía cosas como: “Si no fuera por este proceso de revolución democrática y pacífica no sé qué estaría pasando en Venezuela, no sé cuántos Caracazos tendríamos […]. No estarían los burgueses viviendo plácidamente como ahora” [4]. Así, preservó a la misma burguesía nacional que hoy chantajea al pueblo trabajador, mientras sus representantes políticos más genuinos –la oposición de derecha– buscan demagógicamente recoger los frutos del descontento, tal como se ha observado en el resultado de las recientes elecciones parlamentarias del 6D, y se preparan para volver a gobernar.

En toda esta etapa, vimos cómo en Venezuela el gobierno nunca dejó de destinar millones y millones de dólares a los bancos imperialistas por concepto de deuda externa –al contrario ésta creció enormemente–; no dejaron de operar cientos de transnacionales que explotan los recursos naturales y a los trabajadores venezolanos, girando riquezas a las principales potencias; garantizando el pago de “indemnizaciones” al capital transnacional por las estatizaciones; no dejaron de existir los banqueros y aumentar sus ganancias ni dejaron de hacer negocios los empresarios nacionales y vivir del trabajo asalariado.

Para que se tenga claridad sobre la magnitud de lo que estamos planteando, y solo para mencionar años recientes, en 2013 se pagaron por concepto de deuda 5.804 millones de dólares de acuerdo al Banco Central de Venezuela, y de acuerdo a las propias declaraciones del presidente Maduro entre 2014 y 2015 se pagaron 27 mil millones de dólares, siendo que en el año 2015, la nación sufragó la cancelación de U$S 13.500 millones, la otra parte fue pagada en 2014 [5]. ¡Estamos hablando que en apenas 3 años se pagaron casi 32 mil millones de dólares! De acuerdo con cálculos de la firma Ecoanalítica, el costo total de las nacionalizaciones efectuadas desde 2007 alcanzan los 25.554 millones de dólares [6], siendo que hasta el primer trimestre de 2015 se han realizado pagos por U$S 12.998 millones, por lo que aún quedaría por cancelar U$S 12.547 millones, aunque todo dependerá de los montos que decida finalmente el Ciadi en algunos de los casos que aún estudia. No estamos contabilizando aquí las cifras sobre la repatriación de capitales de las transnacionales por ganancias pues no hay estadísticas transparentes sobre las mismas, ni las grandes ganancias de la banca –que no hubo un solo año que no reportaran ingentes ingresos–, ni sobre las grandes fugas de capitales que salieron por la “vía legal”.

Por esto es que hemos venido sosteniendo que el proyecto de Chávez no solo no tenía nada que ver, en realidad, con la emancipación de los trabajadores de la explotación –es decir, con el socialismo–, sino que tampoco rompía realmente con la dominación que ejercen las potencias capitalistas sobre el país –es decir, no era consecuentemente antiimperialista–, porque se mantuvieron en pie todos los mecanismos por los cuales la economía nacional se ve sometida a la succión de sus riquezas.

Es que en Venezuela el gobierno prometió un “desarrollo nacional” de la mano del Estado, actuando como distribuidor de la renta petrolera pública de la actividad primario-exportadora hacia la industrialización. Sin embargo, “no hubo industrialización –seguimos dependiendo en grado sumo de las importaciones–, ni mucho menos se diversificaron las exportaciones del país –de cada 100 dólares que ingresan por exportación, 96 son por petróleo– […]. El rentismo está intacto, el Estado está cada vez más endeudado y faltan dólares para cubrir las necesidades de la economía nacional” [7].

Hay que decirlo con claridad, el chavismo se limitó a redistribuir parcialmente la renta petrolera, mas no el conjunto de las riquezas producidas en el país, pues las riquezas robadas –producto de la explotación de los trabajadores o de la usura hacia el país o hacia los sectores populares– de los banqueros y empresarios, tanto nacionales como extranjeros, no fueron en lo fundamental objeto de tal “redistribución”. Pero cuando han llegado a su fin las condiciones económicas excepcionales que le permitieron al chavismo redistribuir parcialmente la renta pública –sobre todo los altos precios del petróleo–, y garantizar al mismo tiempo la marcha de los negocios capitalistas y sus ganancias, se desarrollan los elementos de la crisis que, como en cualquier país capitalista, empresarios y gobiernos se la hacen pagar al pueblo.

A esto hay que sumarle que el chavismo en el gobierno no dejó de perseguir a los trabajadores que luchan, y ha venido implementando un conjunto de leyes que criminalizan la protesta y la lucha obrera y popular [8], gracias a las cuales hoy hay centenares de trabajadores y campesinos procesados judicialmente por luchar, y decenas presos. ¿Cómo enfrentar al imperialismo y a la burguesía si a la vanguardia obrera y campesina que lucha se la criminaliza? El gobierno tendría que dejar de mandar al Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN), la Guardia Nacional y el Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC) a amedrentar, apresar y reprimir a los trabajadores que se organizan por fuera de lo permitido por el Estado o los empresarios afines al gobierno, pero en estos años ha ocurrido todo lo contrario.

Hoy la crisis arrecia con fuerza. La inflación en el país está disparada pero nadie sabe exactamente hasta qué punto, como tampoco se sabe exactamente el grado cierto del PBI pues el gobierno oculta las estadísticas de los indicadores económicos, siendo que el precio del petróleo al momento de escribir este artículo es de 30 dólares el barril. Casi se cumple un año desde la última vez que el Banco Central de Venezuela (BCV) publicó cifras oficiales, siendo que para 2014 la inflación se estimó en 70 %. Como no se dispone de datos oficiales, las referencias que se manejan son extraoficiales dadas por la Cepal y el FMI. Aunque al gobierno no le agrade, y más allá de lo acertado de estos números que pueden ser tendenciosos, tomemos al menos las proyecciones, que es en lo que coinciden estos organismos internacionales. Así, según estimados del FMI, la inflación venezolana cerrará 2015 en 159,1 % (la inflación de cierre de año más alta de la historia de Venezuela) y se traducirá en la brecha entre la inflación estimada y la real más alta desde el año 2007. Y si bien no se conocen cifras del PIB del último trimestre de 2014 y de los primeros tres trimestres de 2015, a la fecha el FMI espera que la economía venezolana se contraiga un 10 % en 2015 y otro 6 % en 2016.

En conclusión, en todos estos años de lo que se ha llamado de “revolución bolivariana” en nada ha cambiado la estructura dependiente del país en cuanto al capital extranjero y financiero, y la situación estructural de los explotados y oprimidos continúa siendo la misma, sobre todo en el caso de los pobres a quienes si bien se les otorgó ciertas concesiones en momentos del boom petrolero, cuando empezó la crisis, la caída de los precios del petróleo y en general el fin del ciclo de las materias primas fue el primer sector que sintió la caída en sus condiciones de vida, que tiene que hacer largas colas para comprar cosas elementales, en medio de una gran escasez y desabastecimiento” [9].

El chavismo, preso de su carácter de clase, se mostró incapaz de resolver los problemas estructurales de fondo

Pero como escribimos en un artículo en la revista Ideas de Izquierda, a comienzos del año en curso, “es de destacar que el chavismo, ya en vida de Chávez, había entrado en un proceso de debilidad estratégica, incapaz de regenerar las condiciones políticas, económicas y sociales que le permitían impactar entre las masas. En las condiciones actuales podemos sostener claramente que se ha llegado al fin de la etapa que fue conocida como ‘revolución bolivariana’. El chavismo podrá seguir en el gobierno pero ya administrando un proyecto político en fase terminal. El fin de la “revolución bolivariana” no significa el fin del chavismo como corriente en la vida política nacional, todo lo contrario: continuará siendo un actor fundamental, ya sea como sobrevida del gobierno o en la oposición en un eventual gobierno de la derecha. Más aún, su influencia en las Fuerzas Armadas, que juegan un papel preponderante, seguirá siendo importante” [10].

El fallecimiento de Chávez aceleró un proceso de agotamiento político que ya se venía desarrollando producto del inicio de la frustración de las masas, la acumulación de problemas económicos que amenazaban estallar con el derrumbe de los precios del petróleo, el surgimiento de una burocracia estatal con intereses económicos propios (y por tanto cada vez más antiobrera) –incluyendo a las Fuerzas Armadas, que alcanzaron niveles altos de politización y adoptaron intereses materiales–, la corrupción, el surgimiento de nuevos sectores económicos de la mano del rentismo petrolero, entre otras. Bajo el gobierno de Maduro lo que observamos fue una aceleración de la crisis del chavismo, sobre todo golpeado por la gran crisis económica que ya se venía acumulando desde Chávez. En fin, asistimos a un nacionalismo burgués cada vez más en declive y en crisis que ha hecho agua y que se ha ido agotando al no resolver los problemas estructurales de la economía venezolana que ha venido arrastrando durante décadas.

Es que el gobierno de corte nacionalista iniciado por Hugo Chávez constituía, cuando mucho, una reedición en clave decadente de proyectos nacionalistas burgueses que habían mostrado sus límites e impotencia en su etapa de auge como sucedió a mediados del siglo pasado, cuando surgieron gobiernos como el de Cárdenas al que hacíamos alusión, o el de Perón en Argentina, Nasser en Egipto, que intentaron alentar el desarrollo capitalista nacional apoyándose en las masas contra la penetración imperialista; y también más tarde, en los años ‘70, cuando resurgen brevemente gobiernos de este tipo, como el de Velazco Alvarado en Perú, o en países como Bolivia, tratando de mediar ante el ascenso obrero y popular. En cada caso, se manifestaron contra la profundización de la movilización de masas contra el imperialismo y la reacción, por temor a desatar procesos revolucionarios que escaparan a su control, llevando a la frustración la lucha de masas, cuando no a terribles derrotas.

La debacle actual del chavismo no hace sino corroborar esas lecciones históricas, siendo incluso que el chavismo fue más timorato si se compara con Perón, quien se basó en la clase obrera. Es que en los hechos, los proyectos nacionalistas y progresistas lejos de ser un muro contra la reacción y el imperialismo se adaptan cada vez más, y cuando la crisis económica pasa factura los “gobiernos populares” terminan descargando sus costos sobre los trabajadores y el pueblo.

Quienes pronosticamos que el chavismo conducía a un callejón sin salida al movimiento de masas (que tenía grandes aspiraciones de cambio), y que el chavismo no tendría otro destino que la bancarrota, lo hicimos a la luz de la teoría de la Revolución Permanente, y no por algún tipo de reduccionismo del análisis político del conflicto entre las clases. Fuimos claros en decir que el camino que proponía Chávez no llevaba a la liberación nacional, ni a la unidad latinoamericana ni a la resolución de la cuestión agraria, y mucho menos al socialismo. No se podía avanzar hacia la liberación nacional si no se partía de la nacionalización de los grandes medios de producción, imponiendo el monopolio del comercio exterior y rompiendo con el imperialismo, que implicaba al menos, la nacionalización sin pago –y bajo control obrero– de los capitales imperialistas y sus transnacionales que operan en el país, el desconocimiento de la deuda externa que había contraído la burguesía y los gobiernos anteriores.

No se podía avanzar en la resolución de la cuestión de la tierra si no se avanzaba realmente a una verdadera revolución agraria, expropiando sin indemnización alguna, a los grandes terratenientes y entregando la tierra al campesinado pobre que la trabaja. Chávez siempre rechazó estas cuestiones elementales, siendo que su política solo irritaba a la gran burguesía sin quebrar las bases de su poder, y confundía a los trabajadores y el pueblo, sin prepararlos para tomar en sus propias manos el aplastamiento de la reacción, adormeciéndolos con la ilusión de la colaboración de clases con la burguesía nacional.

Si no se partía de avanzar en estas medidas, ¿cómo se podía hablar entonces de socialismo? Es que el socialismo implica planificar racionalmente la economía de acuerdo a las necesidades humanas y de las grandes mayorías obreras y populares, y esto es imposible manteniendo la propiedad privada sobre los medios de producción y cambio: la propiedad capitalista. Jamás Chávez estuvo “un tantico así” de orientarse en este camino.

Pero Chávez y su movimiento jamás avanzaron en este sentido, y lo que hacía era bloquear esta dinámica, demostrándose una vez más que la verdadera lucha antiimperialista y de liberación nacional no puede ser llevada por sectores de la burguesía “nacionalista” o militares “patriotas” sino por la clase trabajadora en alianza con el conjunto de los explotados, los pobres urbanos y el campesinado pobre, avanzando a un gobierno de los trabajadores y el conjunto de los explotados, decidiendo sus propios destinos, en base a la movilización permanente y el armamento de la clase obrera y campesinos pobres.

Por eso es que decimos que en Venezuela no se asiste a la crisis de un modelo de “transición al socialismo” sino a la crisis de un tibio nacionalismo de contenido burgués, en plena debacle. Y lo acontecido es una clara demostración de cómo este tipo de proyectos políticos dilapidan el apoyo de masas, lo despilfarran, pues al tiempo que regatean con el imperialismo mantienen controlado al movimiento de masas, se empeñan en regimentarlo, disciplinarlo, y como así bloquean la posibilidad de una verdadera lucha antiimperialista y de la revolución social, se mantiene en pie lo fundamental de la sociedad capitalista, sin dar salida a las necesidades nacionales ni de los explotados, preparando la vuelta de la reacción.

La crisis económica, el fenómeno acelerador de la crisis del chavismo

La crisis económica se transformó en una extendida inestabilidad política del gobierno de Maduro, llegando a asumir rasgos más notables si se compara con la crisis del resto de los gobiernos posneoliberales. Fue así que la profunda crisis que arrecia al país desnudó la bancarrota de un “nacionalismo petrolero” que se insinuó a principios de siglo, y como explicamos más arriba, nunca llegó a una plena nacionalización, ni mucho menos fue capaz de impulsar la industrialización o el desarrollo agrícola-alimentario con la cuantiosa renta petrolera que siguió consumiéndose improductivamente o derramándose en beneficio de burgueses y burócratas que la fugan masivamente al exterior.

Bajo el gobierno de Maduro se aceleró una crisis económica, que de cualquier manera le iba a explotar a Chávez pues era una acumulación de sus propias políticas económicas, y se acelera por la violenta caída de los precios petroleros, alta inflación, contracción económica, caída de las reservas internacionales, mermas en las divisas, sobreendeudamiento, desabastecimiento, escasez, etc.

Ante este escenario, como señalamos en nuestra Declaración frente a las elecciones, el gobierno de Maduro, “es incapaz de dar una salida a la crisis acorde con los intereses nacionales, obreros y populares, porque eso implicaría tomar medidas realmente revolucionarias, anticapitalistas […]. No las tomará porque es preso de su carácter de clase, porque estas medidas implicarían tomar un camino de movilización y enfrentamiento revolucionario verdadero con el imperialismo y la burguesía nacional, que para triunfar llevaría a poner en pie de combate verdadero a las masas obreras y populares, incluyendo su armamento, y asestar golpes certeros en las propiedades de los capitalistas, que es su principal poder desde el cual se permitan chantajear a todo un pueblo” [11].

Pero hay una cuestión muy importante en esta crisis económica, y es que Maduro se terminó sometiendo al látigo que le impuso el capital financiero por vía de la deuda externa. El terror del gobierno de Maduro de entrar en default, lo llevó a hacer todos los sacrificios para cumplir los compromisos internacionales. El estrangulamiento de la deuda externa fue tan grande que, como ya hemos mencionado en el inicio de este artículo y fue reconocido por el propio presidente Maduro, apenas en los dos años y medio que asola la mayor crisis económica del país, se tuvo que pagar en concepto de deuda externa la sideral cifra de 27 mil millones de dólares, con una reducción de 68 % de ingresos en divisas por la caída de los precios petroleros.

Con ese volumen de capital se solucionaba cualquier problema angustiante de la crisis económica, pero el gobierno bolivariano prefirió la tranquilidad de los capitostes financieros internacionales y que el pueblo se aguantara en medio de la escasez, la inflación, carestía de vida, largas filas. Aún más para los años entrantes los pagos de miles de millones de dólares están en fila, en 2016 se pagarán 10.792 millones y 12.730 millones de dólares en 2017, según proyecciones del propio BCV.

El chavismo en el poder se acobardaba y se sometía al terror que le causaba el látigo del capital imperialista, y jamás Maduro, como tampoco lo llegó a hacer Chávez, se animó a una ruptura con el imperialismo en este plano. Aquí se cumplía a rajatabla lo que una vez escribió Lenin: “El capital financiero es una fuerza tan considerable, por decirlo así tan decisiva en todas las relaciones económicas e internacionales, que es capaz de subordinar, y en efecto subordina, incluso a los Estados que gozan de una independencia política completa […]. Pero, naturalmente, para el capital financiero la subordinación más beneficiosa y más ‘cómoda’ es aquella que trae aparejada consigo la pérdida de la independencia política de los países y de los pueblos sometidos” (El imperialismo, fase superior del capitalismo).

Si el gobierno se jactaba de una soberanía política, y hay que admitirlo, el chavismo obtuvo una cierta independencia relativa del imperialismo, ésta estaba asentada sobre pies de barro, o para decirlo más elegantemente sobre arenas movedizas, pues estaba condicionada por las implicancias de un capitalismo semicolonial dependiente y, para colmo de males, asentado en un rentismo petrolero. En este sentido, podemos afirmar que, tal como Chávez, Maduro se sometió al capital imperialista, pagando religiosamente la deuda externa a costa del sufrimiento del pueblo. No era el FMI actuante como en otras épocas imponiendo medidas neoliberales, pero era el capital financiero, que bajo la amenaza de llevar al default con todas las consecuencias que eso significa. Maduro se sometió haciendo recaer la crisis sobre el pueblo, que si bien no promulgaba leyes de ajuste abierto, al dejar correr la crisis, la descargaba sobre el pueblo trabajador y pobre.

Vemos así cómo el gobierno de Maduro se negó a afectar los intereses del capital transnacional y de la burguesía local, como tampoco lo había hecho Chávez, siendo que las únicas “salidas” que ahora se presentan solo son de ajuste, y ni digamos las que propone la derecha. Ni un impuesto progresivo a las grandes fortunas o las grandes ganancias, ni “un tantico así” en tocar los intereses imperialistas, ni un atisbo de dejar de pagar la deuda externa.

En la crisis reinante es fundamental terminar con el desfalco de la deuda y, junto a esta elemental medida, es central la nacionalización de la banca y el monopolio estatal del comercio exterior. Los dólares que “faltan” son los que salen en pago de deuda externa y los que vienen hace años administrando discrecionalmente las empresas y los que fugan los grandes empresarios en connivencia con los bancos y de la burocracia corrupta. Son millones de dólares los fugados. Todos los empresarios y grandes propietarios deben ser conminados a repatriar inmediatamente esos dólares, so pena de ser expropiados sus bienes y su pase a administración por organismos de los trabajadores. Con estas primeras iniciativas se puede frenar la especulación, los negocios con bonos a escala internacional, con las acciones y el precio del dólar en sus diversos tipos de cambio y asegurar el control de las divisas de acuerdo a las verdaderas urgencias nacionales, las inversiones largamente postergadas en infraestructura, vivienda, salud, salarios y empleos dignos y demás necesidades del pueblo trabajador que tanto urgen.

Las tensiones que se avecinan, el conflicto de poderes hace grietas en una crisis de Estado

El triunfo de la derecha y el reconocimiento del mismo por parte de Maduro no aminoran las tensiones, como podría pensarse, muy por el contrario, tenderán a acentuarse. En primer lugar, por la forma en que la derecha gana y en segundo lugar, por el conflicto que se presenta entre distintos poderes del Estado, el Gobierno central y el Parlamento, llevando a una crisis, ya no solo de régimen político y de gobierno, sino también a una crisis del Estado.

La victoria otorgará considerable influencia a la MUD en la Asamblea Nacional, que ha sido dominada por la coalición del chavismo desde el año 2000. Sin embargo, así como los dirigentes de la oposición buscarán marcarle la cancha al gobierno, también la oposición puede ser mantenida a raya por el veto presidencial y fallos del Tribunal Supremo, lo que agrava el potencial de conflicto político entre los dos poderes públicos centrales.

En uno de sus balances, a pocos días de las elecciones, Maduro manifestó con respecto a la correlación que se abría con la derecha que, entre el chavismo y las fuerzas de oposición, lo que se había generado era un “empate estratégico en lo político, en lo electoral, no en lo del poder”. Maduro lo mide, en primer lugar, por la correlación de la fuerza electoral en lo que dice respecto a los votos absolutos, siendo que el chavismo retuvo un 43 % del electorado, una base de votos muy significativa frente a los votos absolutos de la derecha. La desproporción en los escaños y los votos absolutos, como sabemos, es debido al sistema electoral vigente, que no conduce a una proporcionalidad directa de los votos en los circuitos, llevando a la oposición a obtener 112 diputados y 55 al chavismo, en una proporcionalidad de 67 % y 33 %.

Se entiende por “empate estratégico”, al menos en la jerga militar, en el que ninguno de los dos bandos puede vencer en el campo de batalla al contrario. Y si tomamos al pie de la letra la afirmación de Maduro, se va también a un impasse estratégico, en la medida en que éste no se definirá en lo inmediato. Aunque Maduro quiso aclarar que se refería al “poder del proyecto histórico y del Gran Polo Patriótico”, la verdad es que la lectura que se le dio es que se refería al control del poder central, el gobierno de la República y todos los pilares que de él se desprenden, sobre todo el de las Fuerzas Armadas de las que Maduro supone “la lealtad completa”. No es tiempo de “cohabitación” dice Maduro, aventurando así un conflicto donde las tensiones se aceleren.

En este marco, lo que llamamos “transición postchavista” adquiere una dinámica un tanto más tensa de lo que puede pensarse por la supremacía obtenida por la derecha en las recientes elecciones parlamentarias. De esta manera, vemos que todo esto cruzará la transición abierta hacia un nuevo régimen político, transición que, como hemos señalado en varias ocasiones, no es ni será pacífica y gradual sino con ribetes traumáticos, tanto por las necesidades y aspiraciones de las masas, como también, y no es un dato menor, por los intereses en juego: de la casta gobernante y de la que aspira gobernar, de los empresarios beneficiados ahora con el chavismo y los que aspiran beneficiarse con un gobierno de la derecha.

Así que tener esta contundente mayoría en el parlamento, si bien es un extraordinario punto de apoyo político para la oposición –que además cuenta con el respaldo del imperialismo yanqui y europeo–, no resuelve aún la correlación de fuerzas para un nuevo régimen político que deje atrás al chavismo. Sin embargo, sí le permitiría avanzar en el llamado a un referéndum revocatorio lo que le daría impulso a una política más abiertamente destituyente. En este marco aún está por verse cuál es el rol que van a cumplir las FF.AA. que, si bien de la mano del chavismo avanzaron en un gran posicionamiento en la vida económica y política del país, desde esta misma ubicación han desarrollado toda una serie de intereses materiales y políticos propios que cuentan mucho a la hora de cualquier transición. Es por estos elementos, incluyendo la continuidad de la crisis económica –y su posible deterioro el año entrante–, que el escenario no es de tránsito gradual y pacífico hacia una “nueva Venezuela”, sino de mayores convulsiones sociales y políticas.

La responsabilidad de una izquierda que se subordinó al chavismo de ayer y de hoy

No se puede pasar por alto la responsabilidad que le toca a los sectores que se reivindican de izquierda en Venezuela, nos referimos más precisamente a aquellas corrientes que se referencian en el trotskismo. Los que hoy conformamos la LTS, sostuvimos que el punto clave de la independencia política de la clase trabajadora, desde el comienzo mismo de este movimiento del chavismo, era absolutamente necesaria.

Sustentamos que la experiencia de los trabajadores y las masas debía acompañarse pero sin dejar de preservar –aun cuando existiesen medidas gubernamentales de enfrentamiento con el imperialismo– la independencia política, programática y de organización, y por impulsar la construcción de una organización revolucionaria. Partíamos de los señalamientos de Trotsky, que supo analizar y estudiar fenómenos semejantes al del chavismo, e incluso más de izquierda, como el cardenismo a finales de la década de los ‘30 en México, de que era fundamental la independencia política de los trabajadores.

Al contrario de aquellos que nos acusaban de sectarismo o no ver la realidad, partíamos de una comprensión dialéctica de los acontecimientos en curso, así como de las experiencias históricas en toda la primera parte del siglo XX en América Latina, lo que nos llevaba a orientarnos con la mayor claridad, a diferencia de la ceguera impresionista a la que fueron llevados los que llegaron al extremo de disolverse en el naciente movimiento nacionalista liderado por Hugo Chávez.

A pesar de no contar con experiencias propias al nivel de desafiar el poder burgués, o de gestas revolucionarias –como la revolución obrera boliviana del ‘52, el Cordobazo argentino, los cordones industriales de Chile, las coordinadoras interfabriles en Argentina o la huelga general en Uruguay–, la clase obrera venezolana no partía de cero. Contaba con las experiencias del continente de movimientos de las características del chavismo y de las lecciones estratégicas que se obtenían de las mismas. No nos vanagloriamos de esto, pues se trata de cuestiones elementales que todo revolucionario debe saber comprender, ni decir organizaciones que se reivindican marxistas y revolucionarias.

Esta pelea la dimos navegando a contracorriente, interviniendo, en la medida de nuestras fuerzas, en los procesos reales, dando al mismo tiempo el debate por nuestras ideas y el programa a levantar frente a los acontecimientos. Hoy, frente a esta debacle del chavismo no hay un polo revolucionario de presencia significativa o de sectores amplios de vanguardia que pudiera estar ocupando un papel destacado en medio de los acontecimientos que se desarrollan en Venezuela.

Grande es la responsabilidad de esta izquierda que se referencia en el trotskismo como el actual Partido Socialismo y Libertad (PSL) o Marea Socialista, entre otras, que se dejaron llevar por los cantos de sirena del chavismo, un fenómeno que incluso ya en su nacimiento aparecía degradado en el mundo de los planteamientos de la miseria de lo posible, mostrando desde sus inicios sus grandes limitaciones.

Aquellos que durante casi 10 años, desde 1998 estuvieron con el chavismo, llegando al descaro en 2006 de levantar la figura de Chávez coronándolo con su llamado a “reventar las urnas por los 10 millones de votos por Chávez”, y que luego de esa vivencia en el chavismo se terminaron distanciando, para encaminarse a buscar nuevos atajos, constituyendo alianzas sindicales-políticas con sectores del sindicalismo que se referencia en la derecha y con pasado neoliberal. Éste fue el caso del Frente Autónomo en Defensa del Empleo, el Salario y el Sindicato (Fadess), en el que se le lavaba la cara ante los trabajadores a estos dirigentes y no sirvió siquiera para organizar alguna medida de lucha concreta seria, salvo conferencias de prensa, a pesar de ser un frente en que cada dirigente sindical decía representar cientos de trabajadores. Para luego aliarse a un grupo devenido de la derecha, sin ninguna autocrítica, dando origen a lo que hoy se llama PSL.

En las recientes elecciones parlamentarias, este agrupamiento realizó una serie de alianzas variopintas que mostraron aún más su deriva política, tal como lo escribimos en una polémica (“El PSL y la deriva de un oportunismo político” [12]), que no era más que otra cara de la moneda de seguir buscando atajos. Si bien es cierto que el sistema electoral venezolano es prescriptivo y no aporta ningún tipo de apoyo financiero a los partidos minoritarios para las campañas (los grandes partidos, como el GGP se aprovecha de los beneficios del Estado y la MUD es financiado por los grandes sectores empresariales), y todo estuvo centrado en la gran polarización política, la campaña que llevaron a cabo estuvo deslucida y muy limitada por el carácter de sus alianzas.

Ni hablar de Marea Socialista, una corriente que está lejos de la independencia política de los trabajadores, que se mantuvo todos estos años subordinada al gobierno nacional y que, aún hoy, cuestiona en muchos aspectos la política gubernamental de Nicolás Maduro pero manteniendo en todo momento la reivindicación del “legado de Chávez” (¡cómo si la tamaña crisis actual, el poder de fuego de la burguesía, el enorme endeudamiento nacional, las leyes que criminalizan las luchas obreras y populares, la existencia de la boliburguesía y las enormes redes de corrupción estatal, el fortalecimiento del aparato represivo, no fueran parte del legado de Chávez!).

Sacar lecciones estratégicas. Forjar una alternativa revolucionaria de la clase trabajadora

Hoy las masas obreras y populares vuelven a sufrir los padecimientos de las crisis económicas y a que el impacto de los golpes en la caída de los niveles de vida recaiga sobre sus espaldas. Pero llega más desarmada aún, pues se le habló de “revolución”, como lo hacían Hugo Chávez y el chavismo en su conjunto, cuando buscaban cambios profundos, impulsadas por las grandes aspiraciones en medio de la postergación y opresión a la que habían sido sometidas. Mediante concesiones en los momentos de auge económico, se fueron desarrollando políticas de pasivización y de contención cuando querían ir más allá.

El término “socialismo” y “revolución” fue bastardeado por el chavismo, y hoy a nivel de grandes masas, desgraciadamente, éstas tienden a identificar “socialismo” con lo que fue el chavismo y no con las transformaciones radicales para acabar con esta sociedad de explotación capitalista, mediante su autoorganización, decidiendo ellas mismas sus propios destinos y luchando por un gobierno propio, de los trabajadores y del pueblo pobre.

Frente a la situación que se abre en el país, que se anuncia más crítica en el terreno económico y más convulsiva en el político, la tarea es continuar bregando por poner en pie la gran fuerza potencial de la clase obrera, en alianza con el pueblo pobre, sin ninguna subordinación a los dictámenes del gobierno ni a la estrategia de la oposición patronal, venciendo los obstáculos que el mismo gobierno impone: persecución, amedrentamiento policial y militar, hasta represión y encarcelamiento a los trabajadores que luchan más allá de lo tolerado por el gobierno o los empresarios aliados del mismo.

Antes de las elecciones desde el gobierno de Maduro se hablaba de las “necesarias” medidas de ajustes que tenían que aplicarse para “hacer los correctivos” a la economía, como por ejemplo lo que eufemísticamente llaman “unificación cambiaria” pero que no es otra cosa que una devaluación, además del aumento de la gasolina y todo el correlato que trae aparejado de aumento en otros rubros, empujando la inflación. Incluso, planes donde a los empresarios se les garantiza las ganancias, tal como declaró el actual vicepresidente Jorge Arreaza, “todos los empresarios tendrán un nivel de ganancia óptimo, con nuevos niveles de inversión para garantizar la producción” [13]. Por su parte la derecha ha avanzado en instalar como sentido común en gran parte de la población que los fuertes problemas económicos tienen su origen en “el estatismo”, en la intervención estatal que “ahoga a los empresarios y la iniciativa privada” y, en fin, en “el socialismo”, por tanto avanzando en conquistar un clima ideológico de defensa de “la iniciativa privada” que habilita hasta cierto punto un “giro neoliberal”. Por eso gran parte de las primeras medidas que ha aventurado la MUD, en lo que serán sus primeras iniciativas una vez que asuman sus cargos en el Parlamento Nacional, avanzan en un sentido proempresarial con medidas propatronales y también de ajuste.

Ante semejante crisis que nos golpea, la fuerza de los trabajadores sigue sin aparecer con toda su potencialidad y personalidad propia en la escena nacional, tanto por los golpes recibidos por el gobierno en aquellas luchas más resaltantes y emblemáticas, como por la política de las burocracias sindicales que mantienen a los trabajadores divididos y atados al apoyo o espera pasiva de lo que haga el gobierno, o atados a las movidas de la derecha. Hay que superar a esa nefasta burocracia sindical.

A la par que se pelee en esta perspectiva en los lugares de trabajo y sindicatos, es necesario discutir entre la vanguardia en lucha de los trabajadores y la juventud que se reivindica proobrera y de izquierda, la necesidad de sacar las lecciones estratégicas de la experiencia que ha sido el chavismo como proyecto político que, tal como todos los nacionalismos burgueses o reformismos del siglo XX en América Latina, condujeron a la clase obrera, campesinos pobres y sectores populares de las ciudades, al callejón sin salida de la vuelta de la derecha al gobierno, vía elecciones, cuando no a dictaduras que exterminaron a generaciones enteras de luchadores obreros y populares.

Está planteado discutir de cara a las bases del chavismo, de los trabajadores en lucha y la juventud de izquierda, que la ausencia de organizaciones que luchen por la independencia de los trabajadores para postular un proyecto político propio, que busquen fortalecer en el país una oposición de izquierda y de los trabajadores, es lo que permite que el agotamiento del chavismo y su fracaso como proyecto de “desarrollo nacional” sea capitalizado casi exclusivamente por la derecha.

Poner en juego el peso decisivo de las masas en la discusión del futuro venezolano reclama una orientación estratégica de clase, obrera y socialista, para reagrupar a la vanguardia, entre la que hay sectores que vienen haciendo una importante experiencia de lucha y política, para romper la subordinación política del movimiento obrero y popular al chavismo y con la derecha que hoy se propone embaucarlas.

La vía para sortear estas encerronas estratégicas a que conducen estos gobiernos, es la lucha por la independencia política de los trabajadores ante todo proyecto que se proponga mantener el orden capitalista, y por la construcción de partidos obreros revolucionarios e internacionalistas, para luchar por un gobierno propio de los trabajadores, que pueda encabezar una verdadera liquidación del poder de los capitales imperialistas sobre nuestros pueblos, la emancipación de la explotación por parte de una minoría de banqueros y capitalistas nacionales y la verdadera unidad de los pueblos latinoamericanos y caribeños.

26 de diciembre de 2015

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    ADICIONALES
  • [1“In Venezuela, a Triumph for the Opposition”, The New York Times, 10/12/2015.

    [2“A democratic counter-revolution”, The Economist, 12/12/2015.

    [3Declaración de la Liga de Trabajadores por el Socialismo, “Venezuela: sobre el fracaso del chavismo, retorna la derecha”, en La Izquierda Diario, 10/10/2015.

    [4Fragmento de discurso disponible en www.presidencia.gob.ve.

    [5“Ratifican pago de deuda externa por 27 mil millones de dólares”, El Universal, 13/12/2015.

    [6Figueroa, Ahiana, “Pago por nacionalizaciones asciende a U$S 12.998 millones”, El Mundo, 19/03/2015.

    [7Arias, Ángel, “‘Sembrar el petróleo’… ¿solo a fuerza de la renta?”, en www.lts.org.ve, 16/11/2014.

    [8“Leyes que criminalizan la protesta obrera y popular”, en www.lts.org.ve, 16/06/2010.

    [9D’Leon, Milton, “La carestía de la vida golpea fuertemente en Venezuela “, La Izquierda Diario, 19/06/2015.

    [10D’Leon Milton, “El fin de la etapa de la “revolución bolivariana”, Ideas de Izquierda N°18, abril 2015.

    [11Declaración de la LTS, “Ni el polo del chavismo ni el de la oposición son opciones para los trabajadores “, La Izquierda Diario, 20/11/2015.

    [12Zavala, Humberto, “El PSL y la deriva de un oportunismo político”, La Izquierda Diario, 25/11/2015.

    [13“Gobierno dará incentivos a empresarios para garantizar producción”, Últimas Noticias, 25/10/2015.

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